miércoles, 30 de noviembre de 2011

Escucha. Son tus emociones pidiendote salir.


Como cada mañana él la recordaba. Extrañaba su olor, su sonrisa, sus zapatos encima de la alfombra. Y como cada mañana volvía a sentirse mal. La adoraba. La amaba. Y él estaba cada vez peor. Se autodestruía con tan solo pensar. Pensar en lo que sucedió. En haberla dejado escapar. Se había marchado. No había vuelta atrás. Solamente eran amigos. Como lo son Mickey y Daisy. Al verla cada mañana su estómago se llenaba de mariposas y las piernas le temblaban. Quería volverla a besar. Aunque solo fuera una vez más. Pero que esa vez durara para siempre. Cada noche soñaba con ella. Todo era como antes. Paseaban cogidos de la mano. Se miraban con dulzura. Intercambiaban mensajes. Se sentaban juntos a ver pasar el tiempo. Hacían todo lo que hace una pareja normal. Pero eso no eran más que sueños. Pensamientos. Ilusiones. Todo lo que él deseaba que pasara. Seguir caminando juntos. Volando en sus sueños. Bailando al son de la misma canción. Cantando. Y de vez en cuando una cena bajo la luna. Con un dulce beso de postre.

Ella cada mañana pensaba en él, y algo dentro de su corazón se agitaba, como si quisiera salírsele del pecho. Y en algún momento volvía a recordar su olor, y casi instantáneamente se le dibujaba una sonrisa en la cara, de esas que cuestan borrar, también conocidas como sonrisa de idiota. También se acordaba de esas largas noches en su casa, que parecían interminables, las mismas noches que ella quería que no acabaran jamás. Ella se sentía bien y feliz cada vez que pensaba en él, y en todos los recuerdos que guardaba con mucho cuidado en un preciado rincón de su mente, porque sobretodo no quería perderlos. Salía con sus amigas a comprar, paseaba por los parques de su ciudad, todo era normal en su día hasta que se encontraba con él, entonces en su estómago sentía como si le brotasen flores, las flores más hermosas que se puedan imaginar, pues estaban construidas con sueños y recuerdos. También notaba algo distinto en su corazón, un extraño sentimiento parecido al amor que en antaño sintieron ambos, pero ahora era algo más sutil, y libre de dudas, celos y amarguras. Ella adoraba ese sentimiento, era tan puro como el aire de las montañas y tan ligero como el vapor que empañaba sus gafas en invierno. Ese desconocido ajetreo en su corazón hacía que quisiera abrazarlo y nunca más soltarlo. Tal y como estaban las cosas, era algo extraño, pero a ella le encantaba.

Él creía volver a amarla con todo su corazón y parte de su alma, como nunca había amado a nadie. Ella simplemente se sentía feliz al recordar los buenos momentos que había pasado junto a su apreciado amigo.

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